La propuesta que escondía un secreto

• 6 min de lectura

La joven permaneció inmóvil durante varios segundos. No sabía si había escuchado correctamente. Miró al anciano, luego su bastón y finalmente la enorme hacienda que se extendía detrás de él.

—¿Señor… usted está hablando en serio?

El hombre asintió lentamente.

—Completamente.

Ella dejó el paño que llevaba entre las manos sobre una mesa del pórtico. Seguía intentando comprender por qué un hombre de aquella posición se había fijado precisamente en ella.

—Pero usted apenas me conoce.

—Te conozco más de lo que imaginas —respondió él—. Sé que llegas antes que los demás, que nunca te quejas del trabajo y que has sido la única persona de esta casa que me ha tratado con respeto sin esperar nada a cambio.

La joven bajó la mirada. Aquellas palabras la conmovieron, pero la propuesta seguía pareciéndole imposible.

Una oferta demasiado extraña

El anciano se sentó lentamente en una silla del corredor. Su respiración era pesada y su mano temblaba sobre el bastón.

—No quiero engañarte —dijo—. Por eso voy a decirte toda la verdad.

La joven volvió a mirarlo.

—Los médicos me dijeron que me quedan aproximadamente tres meses.

Ella abrió los ojos con sorpresa.

—¿Tres meses?

—Tal vez menos. Tal vez un poco más. Pero no tengo mucho tiempo.

El silencio se apoderó del patio.

La joven sintió que la propuesta comenzaba a tener un significado completamente diferente. Ya no parecía una ocurrencia de un hombre poderoso. Parecía una decisión desesperada.

—Entonces, ¿por qué quiere casarse conmigo?

El anciano tardó en responder.

—Porque necesito dejar mi patrimonio en manos de alguien en quien pueda confiar.

La joven frunció el ceño.

—¿Y no tiene familia?

El hombre apartó la mirada hacia los jardines.

—Tengo familia. Y precisamente por eso necesito proteger mi última voluntad.

Los herederos

El anciano le explicó que durante años había construido aquella propiedad con sus propias manos. La hacienda, las plantaciones, las tierras y las casas cercanas formaban parte de un patrimonio que valía mucho más de lo que la joven podía imaginar.

Sin embargo, sus familiares llevaban tiempo esperando que muriera para repartirse todo.

—Mis sobrinos ya están haciendo planes —confesó—. Algunos incluso han intentado convencerme de cambiar mi testamento.

—Pero usted podría dejarlo todo a una institución o vender sus propiedades.

—Podría hacerlo. Pero no quiero que mi trabajo de toda una vida termine en manos de personas que solo recuerdan mi nombre cuando necesitan dinero.

La joven permaneció callada.

El anciano continuó:

—Tú no tienes una familia rica. No tienes tierras. No tienes influencias. Y quizás por eso mismo eres la única persona que podría recibir todo esto sin haberlo dado por hecho.

La muchacha sintió una mezcla de tristeza y desconfianza.

—Señor, no quiero casarme con usted por dinero.

El anciano la observó fijamente.

—Eso es precisamente lo que quería escuchar.

Una condición inesperada

El hombre abrió un pequeño cajón de una mesa y sacó un sobre cuidadosamente cerrado.

—Aquí está mi testamento actual.

La joven no quiso tocarlo.

—No necesito verlo.

—Debes verlo. Si aceptas mi propuesta, tendrás que conocer cada condición.

Finalmente, ella tomó el documento.

El anciano explicó que no esperaba que ella actuara como una esposa tradicional ni que abandonara su trabajo inmediatamente. Tampoco quería obligarla a permanecer junto a él todo el día.

Había una sola condición que le preocupaba especialmente.

—Si aceptas casarte conmigo, tendrás que administrar esta hacienda después de mi muerte.

La joven levantó la mirada.

—¿Yo?

—Tú.

—Pero yo no sé administrar una propiedad tan grande.

—Aprenderás.

Ella negó lentamente con la cabeza.

—¿Y qué pasará con sus familiares?

Por primera vez, el anciano mostró verdadero temor.

—Ahí está el problema.

La advertencia

El hombre le pidió que se acercara.

—Si aceptas, no puedes contarle a nadie lo que hablamos hasta que el matrimonio esté legalmente registrado.

—¿Por qué?

—Porque alguien de esta casa ya sabe que estoy pensando en cambiar mi testamento.

La joven sintió un escalofrío.

—¿Está diciendo que alguien podría hacerme daño?

—No quiero asustarte. Pero quiero que entiendas que esto no se trata solamente de dinero.

El anciano miró hacia una de las ventanas de la mansión.

—Anoche encontré mis documentos fuera de lugar.

La joven se quedó seria.

—¿Y usted cree que alguien los estaba buscando?

—Estoy seguro.

En ese instante se escuchó el ruido de una puerta cerrándose dentro de la casa.

Ambos miraron hacia el interior.

—¿Hay alguien más aquí? —preguntó ella.

—No debería.

El anciano se levantó con dificultad y caminó hacia la puerta. La joven lo siguió a cierta distancia.

Al entrar al corredor principal, encontraron algo que ninguno esperaba.

El cajón donde el anciano guardaba sus documentos estaba abierto.

El sobre que contenía el testamento ya no estaba sobre la mesa.

La verdadera razón de la propuesta

La joven miró al anciano.

—¿Quién más sabía que usted tenía ese documento?

—Solo mi abogado.

—Entonces alguien escuchó nuestra conversación.

El anciano permaneció en silencio.

La muchacha comprendió que aquella propuesta era mucho más peligrosa de lo que había pensado.

—Yo no puedo aceptar algo así sin saber toda la verdad.

El hombre asintió.

—Por eso quería que pensaras antes de responder.

—¿Y si digo que no?

—Te pagaré lo suficiente para que puedas marcharte de esta hacienda y comenzar una vida nueva.

Ella lo miró sorprendida.

—Entonces, ¿por qué necesita que me case con usted?

El anciano respondió con una sinceridad que la dejó sin palabras.

—Porque necesito que alguien en quien confío esté legalmente protegido cuando yo ya no pueda protegerlo.

La joven comenzó a comprender.

El matrimonio no era solamente una forma de entregarle una fortuna. También podía ser una manera de impedir que los demás familiares se apoderaran de todo después de su muerte.

Una decisión que cambiaría su vida

Antes de irse, la joven le devolvió el documento que el anciano había logrado recuperar de manos de su abogado horas después.

—Necesito tiempo.

—Lo tendrás.

—Y quiero hablar con un abogado que no tenga relación con usted.

El anciano sonrió por primera vez.

—Hazlo. No quiero que aceptes por miedo, lástima o necesidad.

La joven caminó hacia la salida de la hacienda. Sin embargo, antes de cruzar el portón, escuchó la voz del anciano.

—Y hay algo más.

Ella se volvió.

El hombre señaló una pequeña habitación al final del corredor.

—Si decides aceptar, entra allí antes de la boda. Hay algo que necesito mostrarte.

—¿Qué cosa?

El anciano negó con la cabeza.

—Una verdad que puede hacerte cambiar de opinión.

La joven se quedó observándolo.

Por primera vez, la enorme fortuna dejó de parecerle un regalo. Ahora parecía una puerta hacia un secreto que llevaba años escondido dentro de aquella hacienda.

Al marcharse, guardó en su memoria cada palabra del anciano.

No sabía si regresaría para aceptar aquella propuesta.

Tampoco sabía quién había robado el testamento ni por qué alguien estaba tan interesado en impedir que cambiara su herencia.

Pero una cosa estaba clara.

Los tres meses que le quedaban al anciano podían convertirse en los tres meses más peligrosos de toda la historia de aquella familia.

Y ella acababa de convertirse en la persona que podía quedarse con todo.