Frente a él, su colega continuaba observándolo con aquella seriedad que había mostrado desde el instante en que se cruzaron en el pasillo. La noticia de que Sofía había ingresado al edificio diez minutos antes no tenía sentido. Andrés acababa de escuchar a su hija pedir ayuda. Su voz había sonado desesperada, cercana, real.
Y, sin embargo, alguien acababa de asegurarle que ella estaba allí.
—¿Estás seguro de lo que acabas de decirme? —preguntó Andrés, bajando lentamente el teléfono.
—Completamente seguro —respondió el ejecutivo—. Me informaron de su llegada hace unos minutos.
Andrés lo estudió en silencio. Conocía a aquel hombre desde hacía años. Habían compartido reuniones, negociaciones difíciles y decisiones que afectaban a toda la empresa. Pero, por primera vez, la presencia de su colega no le transmitía tranquilidad.
—¿Quién te informó?
El ejecutivo hizo una breve pausa.
—Personal de recepción.
—Entonces vamos a comprobarlo.
Andrés no esperó una respuesta. Se dirigió hacia los ascensores con el teléfono apretado en la mano. El colega lo siguió, manteniendo una distancia prudente.
Mientras avanzaban por el pasillo, Andrés intentó llamar de nuevo a Sofía. La llamada no conectó. Lo intentó una segunda vez, y luego una tercera. El resultado fue el mismo: silencio.
La angustia comenzó a mezclarse con una sospecha que no quería aceptar. Si Sofía estaba dentro del edificio, ¿por qué le había dicho que la tenían atrapada? ¿Por qué aseguraba que le habían quitado el móvil si lo estaba llamando desde un teléfono?
Y, sobre todo, ¿por qué le había advertido que no confiara en nadie?
Una llegada que nadie podía explicar
Al llegar al área de recepción, Andrés se acercó al mostrador. La empleada levantó la mirada, sorprendida por la urgencia con la que él se presentó.
—Necesito saber si mi hija, Sofía, ingresó a este edificio hace unos minutos.
La recepcionista revisó la información disponible. Andrés observó cada movimiento de sus manos, esperando una respuesta que pudiera aclarar aquella situación.
—Sí, señor. Tenemos registrado un ingreso con ese nombre.
Andrés sintió que el pecho se le cerraba.
—¿La viste personalmente?
La mujer dudó antes de contestar.
—No fui yo quien la recibió. El registro aparece en el sistema.
—¿Y quién autorizó su entrada?
La recepcionista volvió a revisar la pantalla. Su expresión cambió ligeramente.
—No puedo confirmárselo desde aquí. Necesitaría consultar con seguridad.
Andrés apoyó ambas manos sobre el mostrador.
—Mi hija está en peligro. No tengo tiempo para esperar una autorización. Necesito saber dónde está.
El ejecutivo intervino con voz calmada.
—Por favor, ayúdenos a verificarlo. Es urgente.
La recepcionista hizo una llamada interna. Mientras esperaba, Andrés volvió a mirar su teléfono. No había nuevos mensajes ni llamadas. La pantalla permanecía quieta, como si el aparato no hubiera sido el origen de aquella advertencia que le había cambiado la noche.
Finalmente, la empleada colgó.
—El personal de seguridad va a revisar el registro. Por favor, esperen un momento.
Andrés soltó una respiración tensa. Cada segundo le parecía una eternidad.
El registro imposible
Un guardia se acercó desde el acceso lateral. Saludó brevemente al ejecutivo y luego se dirigió a Andrés.
—Señor, encontramos un registro de ingreso asociado al nombre de su hija. Sin embargo, hay un detalle que debemos verificar.
—¿Qué detalle?
—El registro no tiene una confirmación visual disponible en este momento.
Andrés frunció el ceño.
—¿Cómo que no tiene confirmación visual? ¿Alguien entró o no entró?
—El sistema indica que sí, pero necesitamos comprobar la información con el área correspondiente.
El ejecutivo cruzó los brazos, incómodo.
—Eso no debería ocurrir. Todos los ingresos de visitantes tienen que quedar registrados correctamente.
El guardia asintió, aunque no pareció tener una explicación inmediata.
Andrés sintió que la incertidumbre se volvía insoportable. El edificio, que tantas veces había representado para él seguridad, orden y control, ahora parecía esconder algo que escapaba a toda lógica.
—Quiero que revisen todos los accesos —ordenó—. Si Sofía está aquí, necesito encontrarla. Y si no está, quiero saber quién utilizó su nombre.
El guardia prometió iniciar la verificación. Andrés se apartó del mostrador y miró a su colega.
—Dijiste que te informaron de su llegada. ¿Por qué no me lo dijiste antes?
—No sabía que estabas recibiendo esas llamadas —respondió el ejecutivo—. Pensé que Sofía había venido a buscarte.
—¿Y por qué no me llamó directamente desde recepción?
El colega no respondió de inmediato.
Ese silencio, aunque breve, hizo que Andrés volviera a recordar la advertencia de su hija.
Una segunda pista
El teléfono vibró de repente.
Andrés lo levantó con tanta rapidez que casi se le resbaló de la mano. No era una llamada. Había llegado un mensaje desde un número desconocido.
El texto era corto:
«No busques en recepción».
Andrés sintió un escalofrío. Miró alrededor, intentando identificar quién podía haber enviado aquello. La recepcionista seguía frente al mostrador. El guardia hablaba por radio a unos pasos. Su colega permanecía cerca de él.
—¿Qué sucede? —preguntó el ejecutivo.
Andrés bloqueó la pantalla.
—Nada. Todavía.
No estaba dispuesto a mostrarle el mensaje. No después de la advertencia de Sofía. Tal vez su colega no tuviera nada que ver con lo ocurrido, pero Andrés ya no podía permitirse confiar a ciegas.
Se alejó unos pasos y volvió a llamar a su hija. Esta vez, la llamada sonó durante varios segundos antes de cortarse.
Andrés cerró los ojos por un instante. Quería escucharla de nuevo, aunque fuera solo para saber que seguía consciente y podía hablar.
El ejecutivo se acercó.
—Andrés, debemos mantener la calma. Si alguien está jugando con nosotros, actuar precipitadamente podría empeorar las cosas.
—¿Y qué propones? ¿Esperar mientras mi hija me pide ayuda?
—Propongo que averigüemos qué está pasando antes de tomar una decisión.
Andrés lo miró fijamente.
—Eso es exactamente lo que intento hacer.
La oficina vacía
En lugar de permanecer en recepción, Andrés decidió regresar a su oficina. No porque creyera que allí encontraría a Sofía, sino porque necesitaba pensar con claridad y revisar cualquier información que pudiera haber pasado por alto.
El ejecutivo caminó junto a él, aunque Andrés no volvió a hacerle preguntas. El trayecto se sintió mucho más largo que antes. Las luces del edificio iluminaban los pasillos vacíos, mientras el murmullo distante de la ciudad se filtraba por los ventanales.
Al entrar en su despacho, Andrés cerró la puerta y dejó el teléfono sobre el escritorio. Se pasó una mano por el rostro, intentando ordenar sus pensamientos.
Había tres hechos que no podía ignorar: Sofía lo había llamado pidiendo ayuda; alguien afirmaba que ella había ingresado al edificio; y una persona desconocida le había enviado una advertencia para que no buscara en recepción.
Los tres hechos podían estar conectados. Pero también podían formar parte de una mentira cuidadosamente preparada.
Andrés volvió a tomar el móvil y revisó el historial de llamadas. El número que había aparecido durante la primera llamada no era el habitual de Sofía. La segunda llamada tampoco coincidía con el contacto que tenía guardado.
Eso no demostraba que la voz no fuera la de su hija. Pero sí significaba que alguien había utilizado un medio que él no podía identificar.
—¿Reconoces estos números? —preguntó el ejecutivo desde la entrada.
Andrés levantó la mirada.
—No.
—¿Puedo verlos?
Andrés sostuvo el teléfono contra su pecho.
—Por ahora, no.
El colega se quedó quieto. Por primera vez, su serenidad pareció quebrarse.
—Andrés, estoy tratando de ayudarte.
—Entonces ayúdame a encontrar a Sofía. No me pidas que deje de hacer preguntas.
La llamada que lo cambió todo
El silencio volvió a instalarse en la oficina. Andrés se acercó al ventanal, sin dejar de mirar el teléfono. La ciudad se extendía bajo sus pies, llena de luces y movimiento, pero él sentía que todo se había detenido.
De pronto, el móvil vibró otra vez.
Esta vez apareció una llamada entrante. El mismo número desconocido de la primera comunicación.
Andrés contestó inmediatamente.
—¿Sofía?
Al otro lado no hubo respuesta inmediata. Solo se escuchó una respiración entrecortada y un sonido distante que Andrés no logró identificar.
—Hija, soy yo. Dime dónde estás. Voy a buscarte.
La voz de Sofía llegó débil, pero reconocible.
—Papá, no vengas solo.
Andrés se quedó helado.
—¿Qué significa eso? ¿Quién está contigo?
—No puedo explicártelo. Tienes que escucharme.
Andrés miró de reojo al ejecutivo, que permanecía junto a la puerta. No dijo nada, pero su presencia adquirió un significado distinto después de aquella advertencia.
—Te estoy escuchando, hija.
—Hay alguien en quien confiabas… y no es quien tú crees.
La comunicación se interrumpió.
Andrés bajó lentamente el teléfono. Durante unos segundos, no pudo moverse. Aquellas palabras habían abierto una nueva grieta en todo lo que creía saber.
El ejecutivo dio un paso hacia él.
—¿Qué pasó? ¿Era Sofía?
Andrés lo observó. Quería responder, exigir explicaciones, preguntarle si sabía algo. Pero comprendió que, si revelaba todo lo que acababa de escuchar, quizá perdería la única ventaja que tenía: la incertidumbre de los demás sobre lo que él sabía.
—La llamada se cortó —dijo finalmente.
El colega lo miró en silencio.
Andrés guardó el teléfono en el bolsillo y tomó las llaves de su escritorio. Ya no iba a esperar a que alguien le explicara lo que estaba ocurriendo. Necesitaba encontrar a Sofía, pero también descubrir quién estaba manipulando los registros del edificio y por qué su hija parecía conocer un peligro que él todavía no podía ver.
Antes de salir, miró una última vez hacia los ventanales. La noche había caído por completo.
Por primera vez en muchos años, Andrés no sabía en quién podía confiar. Y esa incertidumbre era mucho más aterradora que cualquier amenaza directa.
La llamada había sido real. La angustia de Sofía también. Pero la verdad seguía escondida detrás de una red de registros incompletos, mensajes anónimos y personas que parecían saber más de lo que estaban dispuestas a decir.
Andrés estaba decidido a encontrarla. Aunque para hacerlo tuviera que cuestionar a quienes habían estado a su lado durante años.
Porque una cosa ya estaba clara: aquella noche no se trataba solamente de una hija desaparecida. Se trataba de un secreto que alguien estaba dispuesto a proteger a cualquier precio.